Se
reconoce y festeja que Andrés A. Cáceres nació en Ayacucho el 10 de noviembre
de 1836. Sus padres fueron doña Justa Dorregaray Cueva y don Domingo Cáceres
Oré, hijo del conocido caballero español Tadeo Cáceres. Sin embargo, es
conveniente rescatar que el historiador Jorge Guillermo Leguía destaca en su documentada
obra Centenario del mariscal Andrés A. Cáceres que según Hortensia Cáceres,
hija del héroe, sus nombres eran Andrés Alfredo y que vino al mundo el 4 de
febrero de 1833, pero que «como firmaba Andrés A., sus compañeros de armas
creyeron que la mayúscula segunda correspondía a la inicial de Avelino, y lo
celebraron siempre el 10 de noviembre, el día en que la Iglesia conmemora a San
Andrés Avelino».
De
lo que no existe ninguna duda es que ambas familias provenían de antiguos
terratenientes, por lo que el hogar Cáceres Dorregaray poseía importantes
haciendas dedicadas al cultivo de la tierra. Don Domingo Cáceres demostró
abierta simpatía por la causa libertadora e incluso suscribió el acta de la
Independencia en Lima.
La
familia materna decía descender, en línea directa, de la mítica Catalina
Huanca. La tradición familiar sostenía que, cuando los españoles llegaron al
Perú y fue capturado el inca Atahualpa, Francisco Pizarro se acercó al curaca
de Huancayo, quien fue uno de los primeros en reconocer el nuevo orden a
condición de que se respetasen sus privilegios y los de sus descendientes,
incluso aceptó que el conquistador bautice a una de sus hijas con el nombre de
Catalina Apu Alaya.
Años
más tarde, Catalina se convertiría en la heredera del título y de las riquezas
de los huancas. Se caracterizó por su espíritu filantrópico, donó terrenos y
dinero para construir iglesias y hospitales. Tal era su cariño por los más
pobres que cuando Catalina Huanca, como se hacía llamar, se trasladaba de Huancayo
a Lima, lo hacía escoltada por cientos de indígenas y mulas cargadas de oro y
plata, siendo recibida con honores en cada pueblo, pues repartía sus riquezas
entre los menos favorecidos. Estas tradiciones inculcaron en Andrés Cáceres un
profundo orgullo por sus raíces culturales. Durante la campaña de La Breña, la
tradición oral sostiene que Cáceres convenció a las comunidades de la sierra
central hablándoles en quechua sobre la patria y moviéndolos para que se
incorporen a su ejército con un eficaz testimonio: «Por mis venas corre la
sangre de Catalina Huanca».
Después de Lima y Cuzco, Ayacucho, la cuna del
futuro héroe, era el departamento más importante del país. Desde 1677, era sede
de la Real y Pontificia Universidad San Cristóbal de Huamanga, fundada por el
obispo Cristóbal de Castilla y Zamora, y allí se había sellado la independencia
de América en 1824. Asimismo, su profunda religiosidad quedaba evidenciada en
sus 34 iglesias, donde encontramos un estilo arquitectónico propio de la
ciudad, que se originó en el siglo XVI y se proyectó en el tiempo. Huamanga, a
15 años de fundada la República, aún conservaba viejos rezagos virreinales.
Al
depender de la actividad agrícola, la familia Cáceres Dorregaray se trasladaba
constantemente entre su casona ayacuchana y las haciendas de su propiedad, por
lo que los primeros años de la infancia del pequeño Andrés transcurrieron
compartiendo y alternando con niños indígenas, llegando a dominar el quechua y,
en especial, a interiorizar un verdadero afecto por los pobladores del Ande
peruano, comprendiendo su particular psicología y cosmovisión. Este trato de
los primeros años le permitió entender el alma indígena, virtud que le sería
tan útil en sus campañas y combates militares. Al respecto, Cáceres relata en
sus Memorias de la Guerra del 79 lo siguiente:
«Un día llegó a mi campamento
de Andahuaylas un indiecito, armado con su rejón, en mi busca, mandado por las
comunidades de Ayacucho. Encontrábame en la puerta de la comandancia con
algunos jefes, cuando se me acercó el indiecito, y, expresando su sorpresa al
verme, me besó la mano y, con voz conmovida, díjome en quechua: ‘Taita, te
creíamos muerto. ¿Nos has abandonado? Pero ya nos tranquilizaremos, porque de
nuevo apareces como el sol después de noche oscura’. Esta manifestación la hizo
en términos tan patéticos, que me conmovió hondamente hasta el punto de nublar
mis ojos de lágrimas; los jefes que me acompañaban, tampoco pudieron disimular
su emoción. Le abracé con el cariño que siento por esta raza noble e infeliz,
que por centenares estaba dando héroes a la patria, e hice que descansara y se
le atendiese con los alimentos de mi escasa mesa».
Basadre
apunta que el dominio del quechua y su valentía permitieron que «el guerrero se
volviera un caudillo». Debe agregarse que los habitantes de los Andes le llamaban
taita, que significa ‘padre’, ‘señor’; voz que curiosamente no deriva del
quechua, sino del latino ‘tata’ que significa padre, unido a la expresión
vascuence ‘aita’, que también identifica padre y que fue plenamente asimilada
por el quechua tal como lo sostiene Martha Hildebrandt.
Alberto
Tauro del Pino, en Breve biografía del mariscal Andrés A. Cáceres, sostiene que
Cáceres recibió las primeras lecciones en su casa o tal vez en la escuela de
primeras letras que regentaba por esos años el profesor Antonio Riofrío. Luego,
estudió en el Colegio de Ciencias de San Ramón de Huamanga y tuvo un fugaz paso
por la Universidad San Cristóbal de Huamanga. El destino le tenía reservado un
lugar en la Historia.
…………….
Fuente:
Libro
colección Héroes del Perú.
Primera
edición - setiembre de 2014.


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