miércoles, 8 de noviembre de 2017

RECORDANDO A UN GRAN HOMBRE LLAMADO RÓMULO TORRES.



Leonardo Favio, cantor juglar argentino, manifestaba en un concierto antes de morir que El sueño de todos es permanecer, pero uno muere cuando se escapa de la memoria de la gente”.

Evoco estas palabras porque hace horas murió don Rómulo Torres, profesor y empresario chotano, a quien conocí de niño, allá en la década de los 90 cuando conjuntamente con un grupo de paisanos, entre ellos mi padre, emprendieron el sueño de forjar una nueva empresa de transportes que aliviara la necesidad de movilidad interprovincial al pueblo constituyente de la cuna mundial de las rondas campesinas – Chota.

Con profunda tristeza hoy recuerdo a don Rómulo, en aquella noche cerca del distrito de Catache – Provincia de Santa Cruz, cuando manejando el couster de mi padre, se me averió una llanta, eran las tres de la mañana aproximadamente y había que cambiarla, había lluvia y para colmo estaba manejando solo pues el Chofer de la unidad vehicular estuvo celebrando, no recuerdo si fue “el pumpum” o “el piano”  como solían decirles a dos choferes de mi viejo o fue otro, ha pasado tanto tiempo. En esas condiciones era difícil la ayuda de los propios pasajeros. Haciendo modos y tapado con un pedazo de plástico quise retirar las llantas y se me hacía difícil hacerlo solo por más que tenía una palanca para forzar las tuercas; en eso aparecieron unas luces y bajó de su couster don Rómulo, quien sin hacerse problemas me ayudó y al terminar con su oportuna gestión, me miró fijamente y con suma fortaleza me dijo “muy bien joven, siga apoyando a su padre”.

Precisamente esa fortaleza le hizo convertir un couster de treinta pasajeros en varios ómnibus de cincuenta y tres. No fue casualidad, fue causalidad.

¿Qué me iba a imaginar en aquel entonces, que veinticinco años después me casaría con su sobrina a quien hoy he dejado en el aeropuerto de Lima desconsolada partiendo a verlo a darle el último adiós?

¿Cómo me podía imaginar que estuve casi cuatro años, al costado de su casa que hacía una suerte de paradero informal de vehículos de transporte interprovincial ayudando a mi padre, muy cerca de su sobrina, aquella niña que sería madre de mi hijo – a quien don Rómulo lo llamaba "Juanjito"?

¿Cómo podía imaginarme que su primogénito, Edwin, mi chino, mi amigo; me abrazaría con la mayor alegría diciéndome en mi matrimonio “uno de los más felices soy yo primo”…no olvidaré ese abrazo y esa mirada jamás.

¿Cómo podía imaginarme que más de veinticinco años después de esa ocurrencia en Catache, tomaría mi auto para conjuntamente con su sobrina hoy mi esposa ir a recoger de la Av. Canadá en Lima a su hijo Euler, luego de saber de su ingreso a la Universidad Nacional de Ingeniería – la UNI? Tengo una foto del momento en mi auto, inolvidable también. Su Euler, su cholito, su orgullo.

¿Cómo me iba a imaginar que doña Fracsila su compañera de más de cuarenta años, gobierne con ternura a mi hijo y a mí mismo?

¿Cómo imaginarme que su Giovanna, su soldado consecuente, su amiga y su fuerza, conjuntamente con su Patty, hoy me digan con el mayor cariño, primo?

Nunca me lo imaginé, don Rómulo, nunca, como tampoco me imaginé escribir estas líneas hoy con una tristeza que me hace un nudo en la garganta.

Simplemente, ironías de la vida.

Don Rómulo Torres, para quienes lo conocimos, lo recordaremos no solo como un buen amigo, vecino, padre, sino como un hombre de trabajo que entregó todo por su familia.

Nada lo amilanó, ni en aquellos tiempos en donde la carretera Chota - Chiclayo, era tan amable como una madrastra de telenovela, era una ruta de doce horas hasta dieciséis en tiempo de lluvia, por un pago mínimo que incluso solo servía para pagar los paquetes de muelles que se resoldaban en el parque de los mecánicos de José Leonardo Ortiz. Muchas veces lo vi allí. Pero ni eso lo cansó, no lo amilanó, y  por el contrario consolidó su empresa.

¿Cómo imaginar que luego de adquirir precisamente otra unidad, le pasaría esta mala jugada? - ¿Cómo entenderlo?, simplemente, imposible.

Sin embargo, ni la muerte ha podido quitarle su mayor capital, el cariño, el amor de tus seres queridos para quienes siempre vivirá en su recuerdo.

No se preocupe don Rómulo, como usted nos enseñó, la mejor fortaleza es la unión de la familia, y hoy, sabemos que la posta será tomada por su compañero de ruta, mi primo Edwin, a quien apoyaremos más que nunca, porque su empresa fue su sueño hecho realidad a través de su trabajo ininterrumpido de casi treinta años.

La empresa Torres forma parte del sueño de desarrollo de un pueblo guerrero y como tal estará más fortalecida porque su cercanía al creador será el principal vehículo de bendición para los suyos.

No, don Rómulo, Leonardo Favio no se equivocó al decir que “uno muere cuando se escapa de la memoria de la gente”, por eso, usted no ha muerto, tan solo tomó anticipadamente a quienes le queremos, aquel boleto de viaje rumbo a la estación más desconocida y mística para todos, cuyo arribo depende de pagar el peaje de fe que en su caso llevó producto de su amor y trabajo.


Un abrazo desde acá hasta el cielo para usted, de aquel muchacho que alguna vez le dió la mano en su camino, en una madrugada de trabajo, llena de lluvia, pero también de ilusiones.

No hay comentarios: