Leonardo Favio, cantor juglar argentino, manifestaba en un concierto antes de morir que “El sueño de todos es permanecer, pero uno muere cuando se escapa de la memoria de la gente”.
Evoco estas palabras porque hace horas
murió don Rómulo Torres, profesor y empresario chotano, a quien conocí de niño,
allá en la década de los 90 cuando conjuntamente con un grupo de paisanos,
entre ellos mi padre, emprendieron el sueño de forjar una nueva empresa de
transportes que aliviara la necesidad de movilidad interprovincial al pueblo constituyente
de la cuna mundial de las rondas campesinas – Chota.
Con profunda tristeza hoy recuerdo a
don Rómulo, en aquella noche cerca del distrito de Catache – Provincia de Santa
Cruz, cuando manejando el couster de mi padre, se me averió una llanta, eran
las tres de la mañana aproximadamente y había que cambiarla, había lluvia y
para colmo estaba manejando solo pues el Chofer de la unidad vehicular estuvo celebrando, no recuerdo si fue “el
pumpum” o “el piano” como solían decirles a dos choferes de mi viejo o fue otro, ha pasado tanto tiempo. En esas
condiciones era difícil la ayuda de los propios pasajeros. Haciendo modos y
tapado con un pedazo de plástico quise retirar las llantas y se me hacía difícil
hacerlo solo por más que tenía una palanca para forzar las tuercas; en eso aparecieron
unas luces y bajó de su couster don Rómulo, quien sin hacerse problemas me
ayudó y al terminar con su oportuna gestión, me miró fijamente y con suma
fortaleza me dijo “muy bien joven, siga
apoyando a su padre”.
Precisamente esa fortaleza le hizo
convertir un couster de treinta pasajeros en varios ómnibus de cincuenta y tres. No fue casualidad, fue causalidad.
¿Qué me iba a imaginar en aquel
entonces, que veinticinco años después me casaría con su sobrina a quien hoy he
dejado en el aeropuerto de Lima desconsolada partiendo a verlo a darle el último
adiós?
¿Cómo me podía imaginar que estuve casi
cuatro años, al costado de su casa que hacía una suerte de paradero informal de
vehículos de transporte interprovincial ayudando a mi padre, muy cerca de su
sobrina, aquella niña que sería madre de mi hijo – a quien don Rómulo lo
llamaba "Juanjito"?
¿Cómo podía imaginarme que su
primogénito, Edwin, mi chino, mi amigo; me abrazaría con la mayor alegría diciéndome
en mi matrimonio “uno de los más felices
soy yo primo”…no olvidaré ese abrazo y esa mirada jamás.
¿Cómo podía imaginarme que más de veinticinco
años después de esa ocurrencia en Catache, tomaría mi auto para conjuntamente con
su sobrina hoy mi esposa ir a recoger de la Av. Canadá en Lima a su hijo Euler,
luego de saber de su ingreso a la Universidad Nacional de Ingeniería – la UNI?
Tengo una foto del momento en mi auto, inolvidable también. Su Euler, su
cholito, su orgullo.
¿Cómo me iba a imaginar que doña Fracsila
su compañera de más de cuarenta años, gobierne con ternura a mi hijo y a mí
mismo?
¿Cómo imaginarme que su Giovanna, su
soldado consecuente, su amiga y su fuerza, conjuntamente con su Patty, hoy me
digan con el mayor cariño, primo?
Nunca me lo imaginé, don Rómulo, nunca,
como tampoco me imaginé escribir estas líneas hoy con una tristeza que me hace
un nudo en la garganta.
Simplemente, ironías de la vida.
Don Rómulo Torres, para quienes lo
conocimos, lo recordaremos no solo como un buen amigo, vecino, padre, sino como
un hombre de trabajo que entregó todo por su familia.
Nada lo amilanó, ni en aquellos tiempos en donde la carretera Chota - Chiclayo, era tan amable como una
madrastra de telenovela, era una ruta de doce horas hasta dieciséis en tiempo
de lluvia, por un pago mínimo que incluso solo servía para pagar los paquetes
de muelles que se resoldaban en el parque de los mecánicos de José Leonardo
Ortiz. Muchas veces lo vi allí. Pero ni eso lo cansó, no lo amilanó, y por el contrario consolidó su empresa.
¿Cómo imaginar que luego de adquirir
precisamente otra unidad, le pasaría esta mala jugada? - ¿Cómo entenderlo?,
simplemente, imposible.
Sin embargo, ni la muerte ha podido
quitarle su mayor capital, el cariño, el amor de tus seres queridos para
quienes siempre vivirá en su recuerdo.
No se preocupe don Rómulo, como
usted nos enseñó, la mejor fortaleza es la unión de la familia, y hoy, sabemos
que la posta será tomada por su compañero de ruta, mi primo Edwin, a quien
apoyaremos más que nunca, porque su empresa fue su sueño hecho realidad a
través de su trabajo ininterrumpido de casi treinta años.
La empresa Torres forma parte del sueño
de desarrollo de un pueblo guerrero y como tal estará más fortalecida porque su
cercanía al creador será el principal vehículo de bendición para los suyos.
No, don Rómulo, Leonardo Favio no se
equivocó al decir que “uno muere cuando
se escapa de la memoria de la gente”, por eso, usted no ha muerto, tan solo
tomó anticipadamente a quienes le queremos, aquel boleto de viaje rumbo a la
estación más desconocida y mística para todos, cuyo arribo depende de pagar el
peaje de fe que en su caso llevó producto de su amor y trabajo.
Un abrazo desde acá hasta el cielo para usted, de aquel muchacho que alguna vez le dió la mano en su camino, en una
madrugada de trabajo, llena de lluvia, pero también de ilusiones.
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