jueves, 14 de septiembre de 2017

LA NATURALEZA HUMANA: JUSTICIA VERSUS PODER. UN DEBATE, NOAM CHOMSKY / MICHEL FOUCAULT.


Dentro del International Philosophers Project, un conjunto de conferen­cias organizadas a comienzos de la década de 1970 por el filósofo Fons Elders, tuvo lugar en la Universidad de Amsterdam un fructífero diálogo en­tre dos grandes intelectuales de las ciencias sociales: Noam Chomsky y Mi-chel Foucault.

La conversación fue estructurada, al igual que en la versión finalmente editada, en dos partes. La primera corresponde a la indagación respecto a una noción esquiva: la existencia o no de la naturaleza del hombre. Chomsky en su calidad de lingüista establece que la capacidad de los niños de crear siste­mas cognitivos complejos a partir de una información fragmentaria suminis­trada en un idioma que no comprende es un hecho universal, y que a ello se refiere al hablar de naturaleza humana. Sin embargo, aclara que no encuentra razón para adscribirle a esta última una determinación biológica o física, es decir, que es imposible hallar configuraciones naturales a nivel biológico en el ser humano, y que en realidad, de existir una naturaleza humana, no podría ser localizada en una determinada zona corporal (esta última aclaración le permitirá afirmar, en posteriores desarrollos de su argumentación, la existen­cia de valores comunes compartidos por toda la humanidad).

Foucault, por su parte, desestima al concepto en cuestión, ubicándolo con un rol funcional en la historia del conocimiento, y por ende negando su valor per se. El diálogo se traslada entonces hacia la comprensión y el saber del hombre sobre sí mismo y su entorno. Chomsky manifiesta su aprecio y admiración por los científicos de los siglos XVII y XVIII que se dirigían, en la oscuridad, hacia el entendimiento de procesos que posteriormente fueron fácilmente explicables.

Foucault contrapone a esta creatividad las limitaciones disciplinares del campo científico. Tanto la exigencia de atribución (que implicaba situar, fe­char y atribuir a alguien un descubrimiento) como la de mantenerse fiel a la verdad de los hechos limitaban la imaginación de los investigadores dentro de un marco que los forzaba a colocarse en una posición de excentricidad. El punto que el filósofo francés desea recalcar es que se puede comprender un hecho no sólo a nivel individual, debido a que los sujetos están situados en un marco de referencia y pertenencia que condiciona su accionar.

El lingüista estadounidense precisa que su noción de creatividad incluye, además del científico actuando en soledad, a la actividad cotidiana de recono­cimiento y asimilación del ambiente de los niños. Por lo tanto, diferencia este tipo de creación normal y cotidiana de la de las ciencias y la de las artes, que a su parecer no es ejercida por la mayor parte de las personas.

Es en este punto de la cuestión en donde Foucault enuncia que sólo puede existir innovación dentro de un horizonte de lo posible. Hay algunas limitaciones que son inherentes al ser humano, y que se combinan con las que el contexto impone, como por ejemplo reglas epistemológicas, lingüísti­cas y societales que enmarcan la actividad creadora y que a la vez le permiten desarrollarse, ya que sin su presencia sería imposible que el hombre pudiera articular el aparato conceptual necesario para tal fin.

Al respecto, Chomsky enfatiza el hecho de que, a su parecer, existen estructuras intelectuales posibles dentro de la conformación natural del hom­bre, y que las mismas pueden corresponderse o no con determinados fenó­menos de la empiria. Si esto sucede, se obtiene una ciencia, mientras que cuando no se efectúan coincidencias la creatividad humana buscará modifi­car los esquemas conceptuales innatos para que puedan captar mejor los procesos a analizar. A pesar de lo cual ciertos objetos de estudio permanece­rían fuera del alcance del entendimiento, fuera de lo que nos es factible enten­der, como por ejemplo la conformación de la supuesta naturaleza del ser humano.

Foucault, no obstante, remarca la relevancia de que en vez de realizar la búsqueda de las limitaciones a la creatividad en el interior del hombre se deberían observar aquellos campos (como la sociología, la política o la eco­nomía) que funcionan como formadores de esquemas de pensamiento.

La segunda parte de la interlocución, que aborda la problemática de la primacía de la justicia frente al poder y su capacidad de socavar los funda­mentos de la primera, desató más discusiones y contradicciones entre los dos disertantes. Mientras que al principio sendos intelectuales desarrollaban sus propios planteos sin contrariedades aparentes entre sí (a pesar de las insistentes intervenciones del moderador por lograr algún tipo de divergen­cia), en esta sección se produce un distanciamiento lindante con la confron­tación. Quizás la polémica se deba a que se discute acerca de, según Foucault, los temas más cruciales de nuestra existencia ya que, recuperando nociones del dialogo previo, remarca que la esencia de la humanidad es el funciona­miento político de nuestras sociedades. Cada participante, cuando no pueda rebatir lo que sostiene el otro, retornará a su posición inicial y tratará de reformularla en función de los nuevos giros de la controversia. Sin embargo, a niveles generales, es Chomsky quien intenta comprender más acabadamen­te la posición de Foucault, mientras que éste sólo se limita a descartar ágil­mente lo que propone el primero.

En el comienzo, el lingüista estadounidense, definido por el entrevistador como socialista libertario,
propone reformular el sistema de administración de los asuntos públicos hacia una mayor participación directa de los ciudada­nos, permitida por el avance tecnológico que disminuirá la atención dirigida hacia tareas mecánicas. Foucault sostiene que le resulta inconcebible un modelo político ideal, y que el que se denomina democracia en realidad encubre una dominación clasista de la sociedad, distribuida no sólo en las instituciones po­líticas sino asimismo en las educativas, sanitarias y demás de diversa índole.

Chomsky concuerda con el diagnóstico foucaultiano y propone que para sostener a una mayor justicia en el futuro debe crearse una teoría social humanista. La misma relacionaría una naturaleza humana que potencialmente permite la libertad, la dignidad y la creatividad con una estructura social que ayuda a realizarlas y a dotarlas de sentido. Ante estas palabras, el filósofo francés menciona el riesgo de suponer una naturaleza humana ideal, y en pos de sustentar su argumentación, recae en la curiosa paradoja de citar a Mao Tzé Dong, quien diferenció (desvirtuando la teoría de Marx) una supuesta naturaleza humana burguesa de una proletaria. 

Chomsky, ignorando deliberadamente este último comentario, se refiere a la desobediencia civil como alternativa legítima frente al discurso estatal, ya que a su parecer el Estado no es el único con la capacidad de establecer criterios definitivos acerca de lo justo e injusto. Más aún, por más que cuente con el poder político y coactivo, ello no lo autoriza a ser la manifestación de la justicia. Por ejemplo, los ciudadanos deben limitar al Estado cuando éste intente efectuar actos criminales. Esta es una noción que contemporánea­mente se muestra en la defensa de aquellos actores que se hubiesen opuesto en alguna forma a las violaciones masivas a los Derechos Humanos efectua­das por diversos agentes estatales, como por ejemplo Raoul Wallenberg u Oskar Schindler.

Nuevamente Foucault parece caer preso en la imposibilidad de interpre­tar los conceptos desarrollados por Chomsky fuera del aparato marxiano-maoísta, y en una línea argumentativa que también recupera aspectos del debate anterior, le pregunta al lingüista si la fundamentación de la desobedien­cia civil estriba en una justicia, a su parecer, abstracta, o en la necesidad de que el proletariado venza a la clase dominante en la lucha de clases.

Ante esta interpelación, Chomsky replica que existen valores humanos justos de por sí, sin referencia a conflictos societales de ningún tipo. No se opone al anhelo foucaultiano de una mayor justicia social, pero en cambio propone recuperar primariamente criterios morales válidos por propia evi­dencia, y luego sí reformular las características injustas de la sociedad, en base a patrones de equidad compartidos.

Foucault remarca que aunque se establezca una justicia común a la hu­manidad, es el aparato judicial como instrumento de poder al que debe pres­társele atención, ya que mediante el mismo puede efectivizarse el criterio de justicia que el grupo dominante considere válido. De esta forma, nos encon­traríamos frente a una definición totalmente coyuntural de lo justo, basada simplemente en quien tuviera mayor poder de hecho, relegando a un rol sub­sidiario lo que es rescatable para el derecho. Esta misma definición puede volverse en contra de los postulados axiológicos del pensador francés, ya que si se prosigue con su razonamiento, los preceptos que valora como jus­tos pueden ser tomados como injustos por otro grupo social que se sienta afectado por los mismos, lo que generaría una cadena infinita de luchas por la toma de poder para lograr imponer así un modelo legal basado en el poder de facto.

Por consiguiente, desde esta perspectiva es imposible que haya una justicia independiente, y concordando con lo afirmado por Foucault en el apartado ante­rior, una naturaleza humana de la cual puedan extraerse conclusiones acerca de lo que es justo y lo que no lo es. Chomsky señala que aún una disputa sobre la localización del poder en la sociedad estaría basada en normas de justicia, ya que cada facción consideraría representar y defender valores universales que, por su carácter de tales, merecen poseer además de la validez del derecho el ejercicio del poder. El estar representando a una concepción última sobre lo justo autoriza a actuar en pos de obtener el poder. 

Foucault niega esta apreciación, con una concisa sentencia: “Se hace la guerra para ganarla, no porque sea justa.” (pag.73). Chomsky le responde con un ejemplo en el cual sostiene que si el proletariado, en una eventual toma del poder, violase ciertos derechos fundamentales de la humanidad, no esta­ría de acuerdo con que se constituya en el grupo con mayor coacción social. Y una vez más es Foucault el que manifiesta, controversialmente, que es probable que el proletariado en el poder ejerza sobre “...las clases derrotadas un poder violento, dictatorial, e incluso sangriento. No puedo ver qué obje­ción podría plantearse a esto.” (pag.74).

La discusión aborda una nueva arista de la problemática: el rol de la violencia. ¿Hasta qué punto debe tolerársela, admitiéndola como un canal legítimo de lucha política? Chomsky declara que, en función de las justicias relativas, si bien la violencia en general es de carácter injusto, solo en ciertas ocasiones su uso podría estar legitimado: cuando su propósito es obtener una mayor ecuanimidad. Si por el contrario, traería acarreada más injusticia, su uso sería inmoral. En conclusión, y en una sentencia con resonancias ma-quiavelianas, puede existir una fase violenta legitimada moralmente.
Foucault responde que el concepto de justicia respaldó el ejercicio del poder político en diversas comunidades o resultó un arma contra el mismo, y que con relación a una sociedad clasista, representa las demandas de la clase oprimida. Por lo que si se aboliesen las clases sociales, estipula que dicha noción podría dejar de existir, y por ende también la violencia que acarrearía el combate interclasista. Lo justo sería entonces un problema determinado exclusivamente por un conflicto socio-económico.

La pregunta por lo justo se relaciona estrechamente con quienes defien­den o encarnan ese concepto, por lo tanto, se hace necesario observar los presupuestos antropológicos de ambos autores. Mientras que para Foucault el hombre en general no posee una valoración arquetípica, sino que la misma depende de su lugar en la estratificación social, para Chomsky existen “sen­timientos humanos básicos de compasión, de búsqueda de justicia” (pág. 88). Serán estos impulsos los que orientarán a los individuos hacia una con­vivencia más armónica entre sí, y no necesariamente su única vía de realiza­ción se da por medio del combate violento con otros sectores sociales. En realidad, Chomsky visualiza a una humanidad con principios morales com­partidos, en constante avance hacia formas de convivencia más pacíficas e igualitarias. 

Si bien ambos disertantes presentan modelos ideales a alcanzar, el pro­yecto foucaultiano, desde la perspectiva de Chomsky, debería reinterpretarse de acuerdo con las condiciones sociales contemporáneas. Esta proposición es la que, al finalizar el intercambio de ideas, parece haber prevalecido, en función de que todas las preguntas del público son dirigidas hacia el lingüista estadounidense. Quizás por representar una perspectiva distinta de la que prevalecía en la intelligentsia de Europa occidental, o por tratar de reflexio­nar con una posición más autónoma, Chomsky es quien genera mayor inte­rés en la audiencia presente en los estudios de televisión en 1971. Y, segura­mente, quien también captura la atención más de treinta años después de que las luces de las cámaras se hubiesen apagado.

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Autor: Matías Esteban Ilivitzky.
Fuente: Foucault Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, vol. 9, núm. 18, 2007, pp. 312-318, Universidad de Sevilla, Sevilla, España.

Aquí , el extraordinario debate bajo comentario. Un tesoro audiovisual sin duda alguna. Fuente Youtube.



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