Dentro del
International Philosophers Project, un conjunto de conferencias organizadas a comienzos de la década
de 1970 por el filósofo Fons Elders, tuvo
lugar en la Universidad de Amsterdam un fructífero diálogo entre dos grandes intelectuales de las ciencias
sociales: Noam Chomsky y Mi-chel Foucault.
La conversación fue estructurada, al igual que en la versión
finalmente editada, en dos
partes. La primera corresponde a la indagación respecto a una noción esquiva: la existencia o no de la naturaleza
del hombre. Chomsky en su calidad de lingüista establece que la capacidad de
los niños de crear sistemas
cognitivos complejos a partir de una información fragmentaria suministrada en un idioma que no comprende es un hecho
universal, y que a ello se refiere
al hablar de naturaleza humana. Sin embargo, aclara que no encuentra razón para adscribirle a esta última una
determinación biológica o física, es decir, que es imposible hallar configuraciones
naturales a nivel biológico en el ser humano, y que en
realidad, de existir una naturaleza humana, no podría ser localizada en una
determinada zona corporal (esta última aclaración le permitirá afirmar, en posteriores desarrollos de su argumentación, la
existencia de valores comunes compartidos por toda la humanidad).
Foucault, por su parte, desestima al
concepto en cuestión, ubicándolo con un rol funcional en la historia del conocimiento, y por ende
negando su valor per se. El diálogo se traslada entonces hacia la
comprensión y el saber del hombre sobre sí mismo y su entorno. Chomsky
manifiesta su aprecio y admiración por los
científicos de los siglos XVII y XVIII que se dirigían, en la oscuridad,
hacia el entendimiento de procesos que posteriormente fueron fácilmente
explicables.
Foucault
contrapone a esta creatividad las limitaciones disciplinares del campo científico. Tanto la exigencia de atribución (que
implicaba situar, fechar y atribuir a alguien un descubrimiento) como la de
mantenerse fiel a la verdad
de los hechos limitaban la imaginación de los investigadores dentro de un
marco que los forzaba a colocarse en una posición de excentricidad. El punto
que el filósofo francés desea recalcar es que se puede comprender un hecho no sólo a nivel individual, debido a que
los sujetos están situados en un marco de referencia y pertenencia que
condiciona su accionar.
El lingüista estadounidense precisa que su noción de
creatividad incluye, además del científico actuando en soledad, a la actividad
cotidiana de reconocimiento y asimilación del ambiente de los niños. Por lo
tanto, diferencia este tipo
de creación normal y cotidiana de la de las ciencias y la de las artes, que a
su parecer no es ejercida por la mayor parte de las personas.
Es en este punto de la cuestión
en donde Foucault enuncia que sólo puede
existir innovación dentro de un horizonte de lo posible. Hay algunas limitaciones
que son inherentes al ser humano, y que se combinan con las que el contexto impone, como por ejemplo reglas
epistemológicas, lingüísticas y
societales que enmarcan la actividad creadora y que a la vez le permiten desarrollarse, ya que sin su presencia sería
imposible que el hombre pudiera articular el aparato conceptual
necesario para tal fin.
Al respecto, Chomsky enfatiza el hecho
de que, a su parecer, existen estructuras
intelectuales posibles dentro de la conformación natural del hombre,
y que las mismas pueden corresponderse o no con determinados fenómenos de la
empiria. Si esto sucede, se obtiene una ciencia, mientras que cuando no se efectúan coincidencias la
creatividad humana buscará modificar los esquemas conceptuales innatos
para que puedan captar mejor los procesos a
analizar. A pesar de lo cual ciertos objetos de estudio permanecerían fuera del alcance del entendimiento, fuera
de lo que nos es factible entender, como por ejemplo la conformación de
la supuesta naturaleza del ser humano.
Foucault, no
obstante, remarca la relevancia de que en vez de realizar la búsqueda
de las limitaciones a la creatividad en el interior del hombre se deberían observar aquellos campos (como la
sociología, la política o la economía) que funcionan como formadores de
esquemas de pensamiento.
La segunda parte
de la interlocución, que aborda la
problemática de la primacía de la
justicia frente al poder y su capacidad de socavar los fundamentos de la
primera, desató más discusiones y contradicciones entre los dos disertantes. Mientras que al principio sendos
intelectuales desarrollaban sus propios planteos sin contrariedades
aparentes entre sí (a pesar de las insistentes
intervenciones del moderador por lograr algún tipo de divergencia), en esta
sección se produce un distanciamiento lindante con la confrontación. Quizás la polémica se deba a que se
discute acerca de, según Foucault, los temas más cruciales de nuestra
existencia ya que, recuperando nociones del dialogo previo, remarca que la
esencia de la humanidad es el funcionamiento
político de nuestras sociedades. Cada participante, cuando no pueda rebatir
lo que sostiene el otro, retornará a su posición inicial y tratará de reformularla en función de los nuevos giros de la
controversia. Sin embargo, a niveles
generales, es Chomsky quien intenta comprender más acabadamente la
posición de Foucault, mientras que éste sólo se limita a descartar ágilmente
lo que propone el primero.
En el comienzo, el
lingüista
estadounidense, definido por el entrevistador como
socialista libertario,
propone reformular el sistema de administración de los asuntos públicos hacia una mayor participación
directa de los ciudadanos,
permitida por el avance tecnológico que disminuirá la atención dirigida hacia tareas mecánicas. Foucault sostiene que le
resulta inconcebible un modelo político
ideal, y que el que se denomina democracia en realidad encubre una dominación clasista de la sociedad, distribuida
no sólo en las instituciones políticas
sino asimismo en las educativas, sanitarias y demás de diversa índole.
Chomsky concuerda
con el diagnóstico foucaultiano
y propone que para sostener a una mayor
justicia en el futuro debe crearse una teoría social humanista. La misma relacionaría una naturaleza humana que
potencialmente permite la libertad,
la dignidad y la creatividad con una estructura social que ayuda a
realizarlas y a dotarlas de sentido. Ante estas palabras, el filósofo francés menciona el riesgo de suponer una
naturaleza humana ideal, y en pos de sustentar su argumentación, recae
en la curiosa paradoja de citar a Mao Tzé Dong, quien diferenció (desvirtuando
la teoría de Marx) una supuesta naturaleza humana burguesa de una proletaria.
Chomsky, ignorando
deliberadamente este último
comentario, se refiere a
la desobediencia civil como alternativa legítima frente al discurso estatal, ya
que a su parecer el Estado no es el
único con la capacidad de establecer criterios
definitivos acerca de lo justo e injusto. Más aún, por más que cuente con el poder político y coactivo, ello no lo
autoriza a ser la manifestación de la justicia. Por ejemplo, los ciudadanos
deben limitar al Estado cuando éste intente efectuar actos criminales.
Esta es una noción que contemporáneamente
se muestra en la defensa de aquellos actores que se hubiesen opuesto en alguna
forma a las violaciones masivas a los Derechos Humanos efectuadas por
diversos agentes estatales, como por ejemplo Raoul Wallenberg u Oskar Schindler.
Nuevamente Foucault
parece caer preso en la imposibilidad de interpretar los conceptos desarrollados por
Chomsky fuera del aparato marxiano-maoísta,
y en una línea argumentativa que también recupera aspectos del debate anterior, le pregunta al lingüista si la
fundamentación de la desobediencia
civil estriba en una justicia, a su parecer, abstracta, o en la necesidad de que
el proletariado venza a la clase dominante en la lucha de clases.
Ante esta
interpelación, Chomsky
replica que existen valores humanos justos de por sí, sin
referencia a conflictos societales de ningún tipo. No se opone al anhelo
foucaultiano de una mayor justicia social, pero en cambio propone recuperar
primariamente criterios morales válidos por propia evidencia, y luego sí
reformular las características injustas de la sociedad, en base a patrones de
equidad compartidos.
Foucault remarca
que aunque se establezca una justicia común a la humanidad, es el aparato judicial como
instrumento de poder al que debe prestársele atención, ya que mediante el
mismo puede efectivizarse el criterio de justicia que el grupo dominante
considere válido. De esta forma, nos encontraríamos
frente a una definición totalmente coyuntural de lo justo, basada simplemente en quien tuviera mayor poder de hecho,
relegando a un rol subsidiario lo que es rescatable para el derecho.
Esta misma definición puede volverse en contra de los postulados axiológicos
del pensador francés, ya que si se prosigue con su razonamiento, los preceptos
que valora como justos pueden ser tomados como injustos por otro grupo social
que se sienta afectado por los mismos, lo que generaría una cadena infinita de luchas por la toma de
poder para lograr imponer así un modelo legal basado en el poder de facto.
Por consiguiente,
desde esta perspectiva es imposible que haya una justicia independiente, y
concordando con lo afirmado por Foucault en el apartado anterior, una
naturaleza humana de la cual puedan extraerse conclusiones acerca de lo que es justo y lo
que no lo es. Chomsky señala
que aún una disputa sobre la localización
del poder en la sociedad estaría basada en normas de justicia, ya que cada facción consideraría representar y defender
valores universales que, por su carácter
de tales, merecen poseer además de la validez del derecho el ejercicio del poder. El estar representando a una concepción
última sobre lo justo autoriza a actuar en pos de
obtener el poder.
Foucault niega
esta apreciación, con una
concisa sentencia: “Se hace la guerra para ganarla,
no porque sea justa.” (pag.73). Chomsky le responde con un ejemplo en el cual sostiene que si el proletariado, en una
eventual toma del poder, violase
ciertos derechos fundamentales de la humanidad, no estaría de acuerdo con que
se constituya en el grupo con mayor coacción social. Y una vez más es
Foucault el que manifiesta, controversialmente, que es probable que el proletariado en el poder ejerza sobre “...las clases
derrotadas un poder violento,
dictatorial, e incluso sangriento. No puedo ver qué objeción podría
plantearse a esto.” (pag.74).
La discusión
aborda una nueva arista de la problemática: el rol de la violencia. ¿Hasta qué
punto debe tolerársela, admitiéndola como un canal legítimo de lucha política? Chomsky declara que, en función de las
justicias relativas, si bien la
violencia en general es de carácter injusto, solo en ciertas ocasiones su uso
podría estar legitimado: cuando su propósito es obtener una mayor ecuanimidad. Si por el contrario, traería
acarreada más injusticia, su uso sería inmoral. En conclusión, y en una
sentencia con resonancias ma-quiavelianas,
puede existir una fase violenta legitimada moralmente.
Foucault responde que el concepto de
justicia respaldó el ejercicio del poder político en diversas comunidades o resultó
un arma contra el mismo, y que con
relación a una sociedad clasista, representa las demandas de la clase oprimida.
Por lo que si se aboliesen las clases sociales, estipula que dicha noción podría dejar de existir, y por ende también
la violencia que acarrearía el combate interclasista. Lo justo sería
entonces un problema determinado exclusivamente por un conflicto socio-económico.
La pregunta por lo
justo se relaciona estrechamente con quienes defienden o encarnan ese concepto, por lo
tanto, se hace necesario observar los presupuestos antropológicos
de ambos autores. Mientras que para Foucault el
hombre en general no posee una valoración arquetípica, sino que la misma depende de su lugar en la estratificación social,
para Chomsky existen “sentimientos humanos básicos de compasión, de
búsqueda de justicia” (pág. 88). Serán estos
impulsos los que orientarán a los individuos hacia una convivencia más
armónica entre sí, y no necesariamente su única vía de realización se
da por medio del combate violento con otros sectores sociales. En realidad, Chomsky visualiza a una humanidad con
principios morales compartidos, en constante avance hacia formas de
convivencia más pacíficas e igualitarias.
Si bien ambos
disertantes presentan modelos ideales a alcanzar, el proyecto foucaultiano,
desde la perspectiva de Chomsky, debería reinterpretarse de
acuerdo con las condiciones sociales contemporáneas. Esta proposición es la
que, al finalizar el intercambio de ideas, parece haber prevalecido, en función de que todas las preguntas del público son
dirigidas hacia el lingüista estadounidense. Quizás por representar una
perspectiva distinta de la que prevalecía
en la intelligentsia de Europa occidental, o por tratar de reflexionar
con una posición más autónoma, Chomsky es quien genera mayor interés en la
audiencia presente en los estudios de televisión en 1971. Y, seguramente, quien también captura la atención más de
treinta años después de que las luces de las cámaras se hubiesen
apagado.
.........................................
Autor:
Matías Esteban
Ilivitzky.
Fuente: Foucault Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y
Humanidades, vol. 9, núm. 18, 2007, pp.
312-318, Universidad de Sevilla, Sevilla, España.
Aquí , el extraordinario debate bajo comentario. Un tesoro audiovisual sin duda alguna. Fuente Youtube.
Aquí , el extraordinario debate bajo comentario. Un tesoro audiovisual sin duda alguna. Fuente Youtube.




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