José Tomás Román Martín es un
torero español nacido en Galapagar, Madrid. 20 de agosto 1975. Sobrino del famoso
ganadero Victorino Martín, se inicia en el mundo del torero por influencia de
su abuelo Celestino Román. Si bien tuvo oportunidad de alcanzar el éxito en la
madre patria, fue en México donde se consolidó como tal.
La vida de este torero, no solo
estaría marcada por el éxito, sino también por un acontecimiento que le
cambiara la vida. El 24 de abril de 2010 en Aguas Calientes en plena fiesta de San Marcos, José Tomás al
lado de Rafael Ortega y Octavio García “El Payo”, lidiaron con seis toros de la
ganadería de Pepe Garfias. Después de haber cortado una oreja a su primer toro,
encontró en “Navegante” no al adversario que frenaría su arte en esa ocasión pues
le atravesó la vena femoral, así como la arteria ilíaca, dejándolo al borde de
la muerte, sino que además producto de su encuentro con él, daría lugar a sus
reflexiones de torero como parte de la cadena cultural del país hispano,
reflexiones que hoy forman parte de la obra “Diálogos con navegante”, en donde
literatos de renombre como Mario Vargas Llosas con suma cultura y derroche de
poesía, de lírica, presentan al torero como el arte que conciben.
El libro contiene entre otros, dos reflexiones, una
de Mario Vargas Llosa quien escribe el “Monologo del toro, frente a José Tomás”,
reflexiones que para el suscrito son un deleite, no habría mejor argumento a
favor del carácter existencial del toro de lid, su bravura, esa genética que lo
distingue de cualquier otro animal. Con genialidad Vargas Llosa de manera sucinta,
pero clara, aborda la relación entre el toro y el ser humano y del rol de ambos
en el ritual del toreo, en sus palabras cuando ambos cumplen con ellos a
cabalidad, surge el arte creador. La otra exquisita argumentación la da Paco
Aguado periodista taurino internacional, que describe la culturalidad del
torero desde sus inicios en el mediterráneo. En suma “Diálogos con navegante”
nos muestra a la tauromaquia como un arte que se debe preservar. Acá un resumen
de ambos.
“Monologo del toro,
frente a José Tomás”: Mario Vargas Llosa.
Usted y yo no somos amigos ni enemigos. Pero, con
un poco de esfuerzo y responsabilidad, podemos ser cómplices y aliados,
indispensables el uno para el otro, como una pareja de bailarines, de actores o
de músicos durante un bello espectáculo. Lo que nos acerca y a la vez distancia
es la antiquísima ceremonia del toreo. Gracias a ella somos tan necesarios el
uno para el otro como los hermanos siameses, pero lo que a nosotros nos une no
es un pedazo de carne, sino un rito que ambos oficiamos desde el más lejano
amanecer de la vida, cuando la historia aún no existía, sólo el mito y la
leyenda, cuando lo vivido y lo creído se confundían en la vida como ocurriría
en los años venideros sólo en el arte y en la poesía. En ese remoto comienzo de
la civilización, lo único que distinguía al cuadrúpedo del bípedo era que este
se hallaba provisto de una imaginación que le permitía salir de sí mismo y
soñar otra vida y aquel solo de instintos que lo confinaban exclusivamente en
la realidad de lo vivido.
Pero ya entonces, usted y yo, el toro y el hombre,
medíamos nuestras fuerzas y en ese encuentro quedaba cifrada una enseñanza para
los seres humanos presentes y futuros. Una enseñanza que, a lo largo de los
siglos, se ha ido repitiendo cada vez que el toro y el hombre, en distintos
escenarios y ante públicos diferentes, nos enfrentábamos para dirimir quién
ganaba y quién perdía. En otras palabras, quién vivía y quién moría. ¿Cuál es
esa enseñanza? La que explica para qué, por qué y hasta cuándo estamos aquí; lo
perecedera que es la vida y cómo, gracias a que es finita y limitada por la
muerte, ella no es una rutina aburrida y catatónica, sino una aventura tan
intensa y prodigiosa como fugaz.
Cuando Júpiter, para raptar a Europa, decidió tomar
las formas de un toro bravo, aquel rapto no podía llamarse arte. Era una acción
excepcional, embellecida por la audacia, el coraje y el riesgo, por supuesto,
pero carecía de coreografía, ritmo, liturgia, y, sobre todo, de voluntad
artística, del empeño primordial de arriesgar la vida no solo para mostrar
arrojo y valentía sino principalmente para producir belleza, unas imágenes cuya
delicadeza, elegancia, destreza y armonía no eliminan la violencia, pero sí la
subliman y trastocan en arte.
He hablado como si fuera no el toro sino el hombre que se enfrenta al toro, pero ahora lo haré como este último, que es lo que soy. El hombre tiene el don de la imaginación, que yo no tengo, pero lo que sí tengo, me sobra y me define, es el don de la pelea. Ser bravo, para mí, no es una mera posibilidad, como lo es para los seres humanos.
Es la razón de mi existencia, lo que constituye mi esencia y mi vocación. Vivo para enfrentarme a un adversario y derrotarlo. La inmensa mayoría de los animales mata y destruye para alimentarse, matar es un medio que le permite vivir. El toro bravo embiste, hiere y mata porque esa es su manera propia de vivir, la única que tiene, y, por eso, quienes quisieran -no niego que con las mejores intenciones- privarnos de bravura, y volvernos mansos e inofensivos como vacas lecheras, lo que de verdad persiguen es nuestra desaparición, devolvernos a la nada. (...)
“Verdades sobre la arena”, por Paco Aguado.
A través del torero se ha mantenido intacta la naturaleza
del toro al que, en lugar de esclavizarlo “al sentido productivo de la carne y
de la leche, le permitió seguir manteniendo su esencia de tótem, su agreste
libertad de símbolo de fertilidad y fuerza”.
En el ruedo nada es mentira, sino que al contrario:
“cuando la barrera de la vida se delimita con la delgada línea roja de una
femoral expuesta a los pitones, la mentira huye abrumada por la rotunda
exhibición de una realidad cruda y cruenta, que no cruel”; de ahí que la
honestidad y la sinceridad son valores de la Fiesta Brava.
“El toreo es
un molesto recuerdo de lo que somos, una escuela de vida demasiado evidente
para quienes descastan hasta el lenguaje y pretenden asfixiar las esencias”;
expresión contraria “al productivismo anglosajón y su imperialismo
globalizador”. En fin, en las plazas de toros, hay “arenas de la verdad donde
la magia aún no es electrónica”.


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