Muchas cosas sueles pasar con tu esposa, de todas ellas se habla de magia cuando emerge el sentimiento de los hijos. Hoy he sido bendecido en ver de madrugada nuevamente a mi mujer acariciando a mi primogénito tratando de aliviarle una fiebre, le doy gracias en silencio, pues sin querer hace que ame más, mucho más a mi madre, mi Lady Rosa.
El Panadol hace su efecto, la fiebre se
disipa y se le vienen las energías, pero como no lo dejaremos correr a las 4:35
am y en este frío, mi bebé dando atisbos de su genética de bardo que lleva intrínseca,
se pone a cantar y pide ver dibujos animados del youtube, para cantar los tres.
Le hacemos caso y todo es música, no solo la voz de mi tute, sino la mirada de
Katia, ni el insomnio de dos días de trabajo previos opaca esa ternura, palabra
que en verdad solo debe ser atribuida a la madre, los hombres nos merecemos
otra palabra para nuestro cariño de hombres, la ternura solo puede ser
atribuida a ese ser para quien solo significamos lo bueno.
En esta diatriba de sentimientos, la
literatura se suele mesclar con la música y como una suerte de reflexionar
sobre esta madrugada, contemplo la poesía de Benedetti en “Madre ahora” con
frases tan profundas como “mi madre sigue en su ventana mirando su
avenida, acaso no la mira?...solo repasa sus adentros?”; me consuma
esa frase al relacionarla con mi barrio en Chiclayo e imaginar a mi madre en
aquel balcón donde según ella siempre me espera.
Me siento afortunado, mi hijo, tiene la
misma bendición que yo tengo, una madre en toda la extensión de la palabra, mi
mujer, mi amiga, mi compañera, con quien cada madrugada también se convierte en
el mejor de los conciertos y con el mejor recital, el del amor. Es por todo
esto, que para los hijos que sentimos ello y tenemos esta bendición, solemos
sentir el día de la madre, todos los días, como diría Silvio Rodríguez, sabemos
a la “Madre con la palabra libertad”.
Pensar todo esto, me lleva a buscar
registros de artículos que a veces guardo por interés o gusto y que
generalmente suelo considerarlos un tesoro narrativo, de ensayo o de opinión
valedera. En este escenario, precisamente me permito compartir lo que Benedetti
manifestaba de Silvio Rodríguez, dejándolos como colofón de lo que siente mi
corazón luego de una amanecida inolvidable con mi esposa y mi hijo, un concertó
literario musical entre ambos personajes ya místicos y que tienen un mismo mensaje subliminal, "madre".
Silvio Rodríguez, según Mario
Benedetti:
Por muchas razones, y hasta sinrazones, Silvio
Rodríguez es un cantante fuera de serie. Cofundador, con Pablo Milanés, Noel
Nicola, Vicente Feliú, Eduardo Ramos, Sergio Vitier (y aunque nadie sabe quién
la bautizó así) de la Nueva Trova, ha aportado su indudable prestigio a un
movimiento que revitalizó la canción cubana y la catapultó en el plano internacional
(…)Silvio es un talante inconfundible. Curiosamente, su voz no es cálida ni
grave ni particularmente seductora, sino más bien aguda, de un timbre casi
metálico y sin embargo frágil. A escucharlo, uno llega a temer que en cualquier
momento se le quiebre, y ese riesgo (que en su caso no es deliberadamente
buscado sino más bien lo asume como algo irremediable) también forma parte de
su extraño atractivo. Con características que en cualquier otro cantante serían
anti carismáticas, Silvio funda precisamente su carisma. Quizá el secreto
resida en que siempre transmite una gran sinceridad, una honestidad a toda
prueba, un no aparentar lo que no es, y, en estos tiempos de famas
prefabricadas, de engendros de la machacona y mistificadora publicidad, esa
actitud, a la que el público accede sin intermediarios, significa una bocanada
de aire fresco en un ámbito, como el del espectáculo, por lo común tan
especulativo como artificial. (…)
(…) la trayectoria de Silvio es el hilo conductor de su canto, y cuando los
públicos, leales y fervientes, de cualquiera de los tres mundos, lo aplauden
con denuedo y naturalidad, no sólo están premiando su arte, también su
coherencia, su fidelidad a sí mismo, su capacidad de trabajo su rigor, su
calidad humana. Silvio nunca será un mito; no viaja con su pedestal a cuestas.
Sus públicos lo saben y tal vez por eso lo tratan como a un querido. Y sencillo
compañero, que les canta y les dice las felicidades y las desdichas que ellos
también quisieran cantar y decir tan entrañablemente como él.
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