Uno de las oportunidades
trascendentales que tuve de la cultura San Marquina a través de su Doctorado en
Derecho y Ciencia Política, fue conocer a nivel doctrinario al
constitucionalista alemán Peter Haberle, quien a través de su producción
intelectual me hizo entender al Derecho como un conocimiento cultural y no como
un mero producto del legislador.
En su monumental obra “El Estado
Constitucional” de influencia mundial, el citado autor, plantea como
una de las premisas fundamentales para la generación de un Estado
Constitucional, concebir entre otros, “la dignidad humana como premisa
antropológico-cultural”, así como reconocer en el fortalecimiento de esta
idea “el aporte de la literatura en la doctrina constitucional”, es más
con genialidad, citando ejemplos como la unión interracial propugnada por
Martín Luter King y la Paz Perpetua de Kant, concibe que las
utopías constituyen un género literario sui generis mediante el cual se puede
asegurar la legitimidad o la crítica de determinado proceso, en ese modo
recalca que éstas ofrecen algunas veces experiencias y otras esperanzas; por
ende, según este insigne alemán, el tipo de Estado Constitucional, está llamado
a dar un “quantum de utopía” como forma de promoción de las
libertades culturales dentro de un contexto de responsabilidad, generando
esquemas normativos propios y urgentes.
Precisamente al estar inmerso en un
acto de apego a la literatura en este proceso de generar comentarios a un
esquema normativo urgente por afectación de la corrupción en las políticas
públicas, viene a mí como aparición cultural oportuna el ensayo Redadas
Literarias de Belén Vía (Uruguay) con quien tengo una gran amistad y
con quien suelo compartir diálogos sobre política, literatura y arte, en estos
últimos rubros, son extensas nuestras charlas sobre sus paisanos Benedetti y
Los Iracundos.
El ensayo acotado, resulta una suerte de espejo cultural que me
plantea por un lado ironías y utopías de nuestra realidad que de ser
concientizadas fortalecerían nuestra idea de Estado Constitucional y por
extensión el de servicio público, de políticas públicas; y por otro lado me
describe cómo la literatura a través de sus referentes como Juan Ramón Ribeyro,
Alonso Cueto, Horacio Quiroga y otros, resulta la mejor forma de describir y
exigir el alcance de nuestros derechos fundamentales.
Precisamente
la literatura contenida en la obra “Los gallinazos sin plumas” de
JR Ribeyro, como señala Vila, retrata la capital peruana como una metrópoli
sofocante de día, de “un orden fantasmal” frase del propio
Ribeyro contenida en la obra, dibujando dentro de una crítica de vanguardia el
abuso infantil de un lado y de otro la indiferencia a este mal de la propia
sociedad, incluido el Estado; donde sus políticas públicas sobre salud,
educación y justicia son seriamente cuestionadas, así, como bien señala Vila en
su ensayo, “Ribeyro plantea un interés por la psicología del individuo” (lo
que incluye a estas niños víctimas del olvido social y estatal que pese a estar
enfermos tienen que ir a trabajar en la basura para poder comer), así la autora
bajo comentario, con acierto señala que los personajes ribeyranos “viven sus
propios dramas inferiores”, sin embargo su contexto jurídico social, a ese
drama cae en una suerte de negacionismo, que impera hasta hoy; sin embargo para
el mismo Ribeyro en este escenario de realidad que nos pone en su obra emblema,
habría sido una suerte de utopía, que esos “gallinazos sin plumas” no
buscaran comida como relata en su obra, sino que buscaran el “terocal”; aquella
droga casera inhalada en bolsas domésticas usadas del propio basural, como lo
es en la realidad actual, como si hoy estos niños víctimas, buscaran más que
alimentarse, olvidar todo lo que les rodea, todo, hasta de ellos mismos.
Como
plantea Vila, “una metáfora de la condición infrahumana en la que
viven”, en la vigencia de la plena idea del Estado Constitucional,
realidad y contradicción o ironía inobjetable que hoy Belén Vila a través de su
ensayo, nos permite recordar y además saber que este mal se ha agravado, no
debiendo ser admisible el negacionismo por parte de esta generación; en este
extremo me resulta escalofriante, real y pertinente, establecer como grito de
cambio la siguiente frase plasmada en este ensayo: “no podemos
naturalizar la desgracia del prójimo” – los derechos fundamentales son
de todos, sin son de pocos no existen, son solo enunciados retóricos y en
algunos casos metodológicos para justificar políticas públicas que han
fracasado en el devenir de la república.
Asimismo,
como refiere nuestra amiga Belén Vila, la trascendencia de la obra emblema de
Ribeyro no queda estancada según lo expresado anteriormente, sino que además “conforma
una denuncia de índole ambientalista – existencialista”, adelantada para su
tiempo. Como refiere con acierto, en este esquema de vida, “el tópico del
agua, elemento Green, es presentado como un negativo”, cierra tan
magnífico capítulo de cometario, concluyendo que ni el propio Ribeyro, “haya
pensado en que años más tarde su material fuera releída de la postura eco
crítica, dado que en los textos estudiados reside una preocupación intelectual
más que ambiental”.
De
lo descrito, resulta evidente que Vila con su ensayo, ha dado lugar a
formularme utopías tales como, el cese del orden fantasmal de ésta capital de
concreto y de la indiferencia, el cese total del abuso infantil y sobretodo la
certeza, justicia y legalidad de su represión; en suma la muerte de la
indiferencia social del abuso infantil, a través de la eficacia de las
políticas públicas; ésta diatriba en condición de interrogante, resulta un
catalizador inmediato de esperanza, y por ello, le agradezco, mientras haya
esperanza en estas utopías donde el sistema de los derechos fundamentales
funcione, nos acercaremos más a nuestro tan mentado y difundido Estado Constitucional
y su defensa.
Además
el ensayo en mención, resulta de una culturalidad inobjetable pues teniendo
como base los “Cuentos inolvidables del ande” de Santos Blanco
penetra en la ficción literaria de los andes del norte peruano (Chota)
presentándolo como un legado cultural, no como una mera “ilusión de los
sentidos humanos” en palabras de Todorov, sino que le da el estatus de
“ley del mundo” , haciendo que la literatura nos dibuje a la
costumbre de los pueblos como fuente cultural de los Estados y aunque su
narrativa a veces rose con lo fantástico, el mensaje subliminal que hay detrás
de ello, es la importancia de la naturaleza y su relación con el individuo;
todo este plano va como “contra cara” al mundo corporativo actual donde “los
amos de la sociedad no son las personas sino las empresas” como diría
Noam Chomsky, en este extremo el ensayo bajo comentario, nos presenta las
grandes contradicciones del existencialismo actual.
De
este terreno de lo fantástico, Vila, nos aterriza en un problema de realidad
actual, con seria prognosis de metamorfosis en el futuro: la violencia, en base
a precisos comentarios de las obras “Abril Rojo” y “La Hora Azul”, de
Santiago Roncagliolo y Alonso Cueto, respectivamente. La primera de ellas,
original en sus alcances, pues muestra a la violencia de parte del Estado a
razón de la desnaturalización del proceso electoral del 2000, donde la
corrupción, se manifestó en frases como “papelito manda” de
José Portillo, como parte de un proceso electoral cuestionado incluso internacionalmente
y por otro lado la novela de tintaje negro nos muestra la historia de un
fiscal-Felix Chacaltana, que tras la investigación de un homicidio dentro de un
contexto del rebrote de Sendero Luminoso (muerte de un teniente antiterrorista
de la década del 80), resulta descubriendo
toda una trama de corrupción y violencia “paramilitar” que termina en la muerte
de otros ciudadanos con la complicidad de un comandante superior que busca
mantener el estatus del poder militar en la jurisdicción de Ayacucho.
Acertadamente,
Vila, presenta a Roncagliolo como un denunciante literario de crímenes de lesa
humanidad por parte de militares que aprovechando la amenaza del grupo
terrorista Sendero Luminoso justificaban execrables acciones de desaparición
forzosa de ciudadanos. En “La hora azul”, donde se presentan algunas
concepciones capitalinas (de escritorio) acerca de la “reconciliación”
posterior a la caída del grupo genocida, Vila con acertado criterio va más al
fondo, pues además trata de una violencia practicada indiscriminadamente que confunde
a la sociedad civil, cerrando su idea señalando que en este procedimiento “al
fin de cuentas no se distingue si el enemigo es el Estado o Sendero”,
contexto bajo el cual como señala la referida autora, si bien se inscribe una
memoria de horror de una época también se inscribe entre comillas el olvido,
sin haberse considerado, como en el presente ensayo, que “el caso que nos
convoca la memoria y el olvido funcionan como preludio de lo trágico”.
Pero Belén plantea además algo interesante, “el tópico de la paz como ideal individual o acuerdo social”; siendo que para ella, en las dos obras, “la paz se acerca al ideal individual más que a un acuerdo social”, y yo le doy la razón con pena, entendiendo que la paz como finalidad del contratado social debe ser propugnada por todos. Como señala Belén, en este contexto, hablamos de una paz solo de forma, lejana al ideal del Estado Constitucional. Cerrando este eje verbo rector de su ensayo, Belén, nos vuelve a la ficción contenida en la película “Guerra Mundial Z”, que trata de una pandemia mundial generadora de Zombies, relacionando este aspecto con “una metáfora de irracionalidad post moderna que se manifiesta por actitudes instintivas y que paulatinamente destruye la naturaleza humana”, aquella naturaleza que se distingue precisamente por tener alma, cuerpo e identidad; cabalmente Belén Vila la describe como la “estética del horror, la era zombi que vive entre nosotros y gusta”.
Todas
estas descripciones muestran a Belén Vila como realmente es, una joven referente
cultural, con vehemencia literaria y crítica responsable, que hace de su razón
contenida en Redadas Literarias, por un lado la mejor versión
crítica vigente a nivel de ensayo de la obra de Ribeyro que he leído, (no por
algo su presentación la esgrime en modo merecidamente técnico Jorge Coaguila,
uno de los pocos analistas críticos serios a nivel nacional) y por otro lado
un imput para replantearnos los conceptos de políticas
públicas dentro de las exigencias de un verdadero Estado Constitucional.
En
mis cuatro décadas de vivir y cerca de diez de leer literatura, he podido
contemplar dos escenarios bajo los cuales se produce, en sus distintas
expresiones (novelas, artículos, ensayos, etc); un ámbito bajo el cual la
producción se mueve en base a estándares de aceptación y estructuras puestas
por grandes editoriales, donde el relato es débil e intrascendente – Vargas
Llosa, con acierto, denomina la “literatura light”; donde
importa más la producción que la creación; sin embargo al mismo tiempo también
en este mar de culturalidad navega como una suerte de torpedo silencioso la
creación que se produce bajo una incertidumbre de tener cobijo editorial pero
en donde importa la creación misma, su finalidad cultural, su alcance, su
objeto, su trascendencia; es en este segundo ámbito donde ubico al ensayo Redadas
Literarias de Belén Vila que acertada y merecidamente ha tenido cobijo
editorial por el Grupo Editorial Mesa Redonda, lo cual la vuelve de observancia
obligatoria no solo para los Ribeyranos o amantes de la literatura o crítica
alternativa, sino también para los operadores del derecho y de la gestión
pública.
Así, saludo con mucha alegría que este 29 de agosto 2018, la Municipalidad de Barranco, haya invitado a Belén Vila a un conservatorio conmemorando el natalicio de "El flaco" como solían llamar a Ribeyro, al lado de Enrique Coaguila y Giovanna Pollarolo, acto que estoy seguro rinde un merecido homenaje a un peruano extraordinario, no por algo dicho evento fue difundido en prensa nacional (Diario La República, edición 29.08.2018). Expresiones culturales como esta nos da fe de que la cultura, la creación y
crítica literaria seria y trascendente no morirá, por ende la fuente de las
utopías que fortalece el ideal de Estado Constitucional; pese a estos tiempos de agobiante estupidez social y política.



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